Locos por Frida

Eduardo Costantini pagó USD 35 millones por una obra de Frida Kahlo y marcó un récord
Eduardo Costantini pagó USD 35 millones por una obra de Frida Kahlo y marcó un récord

Desde que Eduardo Costantini obtuvo por 35 millones en Sotheby’s “Diego en mi cabeza”, obra de Frida Kahlo, para incorporar a la formidable colección siempre creciente del Malba, volvió el enamoramiento –y es internacional- por la artista de Coyoacán, ciudad de México. Allí se inició el destino trágico y en paralelo mítico del encantador sitio con muchos cafés elegantes, mercados, un gran parque botánico, intelectuales y artistas hasta hoy, tomado y transformado desde la lengua náhuatl, “lugar de coyotes”. El precio del empresario, desarrollador de proyectos y creador del museo, es récord: el precio más alto por una pintura latinoamericana y en términos generales sin más de una cotización impresionante.

Le hará compañía “Frida con chango y loro” –la pintora que indagó sobre sí misma, su vida de sufrimiento y ardor–, con animales entre plantas y el rostro que atrae en el acto al contemplador. Magdalena Carmen Frida Kahlo, la ceja única –Chavela Vargas la vio como una gaviota en vuelo-, los ojos que miran a quien mira, el huipil corto con el que se vestía siempre, no un diseño folk sino de identidad; el vello sobre el labio que enfatizó sin excepción. Es que no hubo excepciones: toda la obra de Frida Kahlo tiene como centro a Frida Kahlo. El ícono pop mexicano, magnética maga naive, nacido en 1907 que murió en el 54: “No está mal la muerte. Deja entrar lo nuevo”. El que observa las fotos, además de los autorretratos, no encontrará la belleza canónica y convencional pero verá la belleza diferente y una respiración sensual que se puede percibir por algún camino y emana fuerte, como las de “El cargador de Flores” que inmortalizó su marido, Diego Rivera, amor y tormento.

No son pocos quienes la inscriben en el surrealismo. Kahlo -qué distante, mejor Frida- lo negó para refutación del Manifiesto a los Surrealistas, el líder despótico André Breton: “No tengo nada que ver. El surrealismo pone en un lugar central los sueños, el inconsciente. Yo me pinto, no me sueño ni interpreto”.

Clarísimo que el arte ingenuo de Frida Kahlo no tiene que ver con Salvador Dalí -expulsado de las filas surrealistas por diferencias políticas- ni con Eleonora Carrington, ni con la argentina Leonor Fini: armoniza más con el Aduanero Rousseau o con alguien cuyo nombre no será preservado entre los pintores que por alguna razón expresan el arte popular de Haití.

“‘Diego y yo’ de Frida Kahlo fue adquirida por la Colección Eduardo F. Costantini", publicó Sotheby’s, la casa de subastas fundada en Reino Unido pero que tiene su sede central en Nueva York
“‘Diego y yo’ de Frida Kahlo fue adquirida por la Colección Eduardo F. Costantini”, publicó Sotheby’s, la casa de subastas fundada en Reino Unido pero que tiene su sede central en Nueva York

Calvario y sexo versátil

Frida se convirtió temprano en lectora tumultuosa y sensible. También en aproximarse a las ideas que dispersó por la revolución bolchevique y los bloques ideológicos que lo dividieron: capitalismo y comunismo. También temprano iba a integrar el partido comunista mexicano, cuyo artista antorcha fue Diego Rivera, el muralista mayor del trío que completan Siqueiros y Orozco. Tal vez el mural por excelencia sea “Epopeya del pueblo mexicano”, que millones han visto en las paredes del Palacio Nacional en El Zócalo, Distrito Federal. La propuesta –realizarla llevó cinco años– era mostrar la historia de México a través de los siglos desde la perspectiva de los conquistados, sus descendientes y mestizos sincréticos sin alfabetización. Rivera era además una estrella internacional: fue llamado por el Rockefeller Center para narrar en el muro el proceso del trabajo humano, pero fue destruido en parte por las alusiones pictóricas de Lenin. Sin embargo, una torre cilíndrica en San Francisco, California, también bajo contrato con Rockefeller, fue terminada y los turistas tienen lo atractivo desde entonces. La izquierda consagraba entre los grandes mercados de arte. Era el carnet para entrar entre los elegidos.

Frida iba a casarse con Rivera, él de 35 y ella de 15. Fueron presentados por la fotógrafa Tina Maldotti, amiga de los dos. Tina y Frida posaron desnudas para Diego. Nacido en Guanajuato -tierra de sapos y ranas en lengua precolombina-: el corpachón y la cara cantaban. El sapo Diego, desaforado y célebre, se divertía con el parecido. Tanto que reunió una colección de sapos en piedra anteriores a la llegada del español a América junto con una colección inabarcable de figuras de dioses, esculturas de animales, cuchillos de obsidiana sacrificiales como nunca se había reunido jamás.

La unión fue de inicio tormentosa. Rivera era un glotón insaciable tanto en grandes comilonas que terminaban al amanecer en la casa de Coyoacán como en materia de mujeres apetecibles. Era público el vínculo –un ejemplo ruidoso– con la súper estrella de cine María Félix, “La Doña”, actriz y objeto en México de una obsesionante adoración hacia su voz con cierta carraspera, la altura, las botas, los pómulos, la boca y la androginia. Con probabilidad considerable, Frida corría por la carretera de la infidelidad también, sin que los dos acordaran un matrimonio abierto.

En 1925 se abrió el infierno. Fue el día en que Frida viajó en el autobús de madera que chocó con un tranvía. Dantesco. Nueve fracturas en una pierna, varias expuestas, vértebras destruidas, roturas de pelvis y una barra de metal que salió por la vagina. La noche más oscura. Solo un hecho mágico o providencial hizo que sobreviviera. Pero todo fue distinta hasta su fin a los 45. Atada casi siempre a la cama decidió pintar, pintarse. Hizo colocar un espejo y las herramientas del oficio. Pintó Frida. Exploró y expuso Frida (el cuadro que llegará al Malba, el esperado “Diego en mi cabeza”, tiene en la frente a Rivera como si fuera el pensamiento de un niño detrás de una cámara Gesell). De las aventuras amorosas de Diego Rivera una de ellas fue venenosa: fueron a la cama el muralista y Cristina, hermana de Frida. Lo ocultaron hasta que se reveló la historia. Cristina era una chica muy blanca, redonda y de mirada verde.

El cazador no desaprovechó, con la aprobación caliente de la presa. El divorcio -volverían a casarse: Diego en mi cabeza- fue la decisión de considerarse fuera de cualquier alianza entre ellos. Por entonces, el presidente de México, general Lázaro Cárdenas, fue el único que concedió asilo a Trotsky, quien dejaba la URSS, la organización del ejército ruso, aunque no la idea rectora: una revolución permanente y no en un país, como línea sustancia de la propuesta tan vasta de Lev Davidovitch Bronstein, su nombre al nacer. Stalin ha empezado las autocríticas forzadas, las purgas, la paranoia criminal de Koba, el apodo familiar, a cuyo cargo pueden adjudicarse 25 millones de seres. Con breves estancias en Francia y Noruega sin aceptar residencia, fue a México. Allí estuvo un tiempo la casa azul de Frida y Rivera y luego una próxima con su mujer Elena Sedova. El fogonazo entre Frida y Trotsky se produjo rápido. Al unísono llegaba la persecución de Stalin. Ramón Mercader, preparado como un agente estalinista letal y miembro de una familia de la burguesía catalana, consiguió su confianza por medio de una secretaria que servía y adoraba a Trostky, ya limitado a comentar sin la participación de sucesos históricos. Con un golpe de piolet en el cráneo -el pico curvo de los escaladores- terminó con el asilado El criminal fue encarcelado dos décadas en la prisión central mexicana, liberado y recibido como héroe soviético en Moscú.

Calvario y sexo versátil. Llegó cierto día con poco más de 20 años, Chavela Vargas, a Coyoacán: “Nunca he estado con un hombre. Nunca. Soy muy purita”.

Fue una noche de fiesta con todos los asistentes “entequilados”. Chavela tocó con la guitarra y poncho rojo varias canciones de temblor. La unión de Chavela y Frida fue larga y apasionada hasta que la cantante voló libre hacia otras mujeres, otros amores. “Vete, lo sabía. Tú no ibas a vivir siempre sujeta a mí, a mi amor, a mis muletas.”

Abundante fue la versatilidad y los cambios en los días de Frida Kahlo. Puede anotarse a Jaqueline Lambda, casada entonces con nuestro conocido André Breton, jefe surrealista. Lo dejaremos como el otro lado del espejo, el que pidió que le llevaran a la cama para retratar todo lo que iba a fascinar el mundo.

Llegará el nuevo Kahlo al Malba, un espacio de felicidad. Se renovará un sentimiento: todos, todos locos por Frida.

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