Haruki Murakami y una ficción cargada de memoria

Haruki Murakami
Haruki Murakami

Primera persona del singular, el nuevo libro de Haruki Murakami, tiene el tono de la confesión. Se trata de ocho cuentos narrados en primera persona, como promete el título. La propuesta es confundir autor y narrador. Las señales, o las pistas falsas, están ahí, para el lector fiel que quiera verlas.

De inmediato se reconoce la voz, una cadencia construida sobre las mismas preocupaciones de libros anteriores (el jazz, la persistencia por los caminos del arte, el baseball, los conciertos), y sin embargo, Primera persona del singular se adentra por algún camino nuevo. Página a página, estos cuentos hablan de mujeres.

El arte, las mujeres y la muerte

Áspera piedra, fría almohada, el cuento que abre el libro, hace colisionar dos mundos que parecen opuestos: por un lado, lo más descarnadamente moderno que ofrece Japón, con su precariedad y sus trabajos de alta rotación; por el otro, la poesía de métrica clásica, que hunde sus raíces en un pasado de refinamiento y esteticismo.

"Primera persona del singular" (TusQuets), de Haruki Murakami
“Primera persona del singular” (TusQuets), de Haruki Murakami

El narrador nos cuenta la historia de una compañera de trabajo. Apenas se conocen cuando ella le pide permiso para pasar la noche en su casa y en su cama, solo para evitar viajar sola en el metro hasta la ciudad de Koganei. Los únicos detalles biográficos que sabe de ella (así lo dice, “detalles biográficos”), son que escribe tankas y publicó un poemario. Ella no espera nada del trabajo, y tiene sentido: nadie que haya conocido el arte puede estar a gusto vendiendo su tiempo.

Algo de este perfil moderno y desangelado de Japón, con sus arubaito, sus trabajos de media jornada, aparece en La dependienta, la novela de Sayaka Murata. Keiko, la protagonista, lleva diecinueve años trabajando en la misma tienda, abierta las veinticuatro horas. Vio pasar a ocho jefes, no quedó ninguno de sus primeros compañeros. Keiko entiende que no debería quedarse, se lo explicaron, aunque sabe que ese es el único lugar del mundo en el que se siente a gusto.

A diferencia de la mujer de La dependienta, la mujer de Áspera piedra, fría almohada busca saltar de un trabajo a otro, sin pausa, con la esperanza de que alguna vez le alcance la plata para vivir. Antes trabajó en una inmobiliaria y en una librería. En la lógica de la modernidad, ese empeño en la misma fórmula, esperando un resultado diferente, es un símbolo de adaptación.

 "La dependienta", de Sayaka Murata
“La dependienta”, de Sayaka Murata

En el segundo cuento, Flor y nata, de nuevo aparece una mujer enigmática, que el narrador apenas conoce. Hace muchos años compartió con ella algunas clases de música. Nunca más se vieron. Con el encuentro casual viene una invitación. Ella lo invita a un recital en la cima de un promontorio, en Kobe.

Cuando él llega al lugar indicado, acompañado de un ramo de flores, lo descubre vacío, incluso abandonado. ¿Se trató de un chiste? No le importa demasiado. En una plaza circundante sucede lo más curioso de la historia: en medio de un ataque que le acelera el corazón, se le acerca un anciano con ganas de charlar.

El anciano formula una frase, una sola frase que repetida hace pensar en un koan, esos fragmentos de sabiduría que no buscan una respuesta, sino que alientan la iluminación. “Un círculo con muchos centros”, dice el anciano. En esa conversación con el anciano reconocemos al Murakami de siempre, con su surrealismo y su mundo onírico, capaz de hacernos creer que un mono puede hablar y robarle el nombre a mujeres amadas, como sucede en otro de los cuentos del libro, Confesiones de un mono de Shinagawa.

"Territorio de luz", de Yuko Tsushima
“Territorio de luz”, de Yuko Tsushima

La imagen de una mujer con el disco de los Beatles sobre el pecho congela el recuerdo de otro encuentro (casual, desde luego) en los pasillos del instituto en el cuento With the Beatles. Después, la mujer parece desvanecerse en el aire, como una nube de humo. Una segunda mujer, más trágica, hace avanzar la trama. Su historia tiene algo de Los engranajes, el cuento clásico de Akutagawa, lo último que escribió antes de quitarse la vida. El suicidio también sobrevuela en otra novela japonesa publicada estos días: Territorio de luz, de Yuko Tsushima. Tanto en la novela de Tsushima como en el cuento de Murakami la muerte voluntaria, paradójicamente, le da cuerpo y presencia a una mujer, la regresa al presente, la rescata de la ausencia y el olvido.

Carnaval, otro de los cuentos de Primera persona del singular, es una oda a la música. ¿Por qué la música que hechiza y suspende el tiempo siempre evoca a una mujer? Late el Murakami melómano que entrevimos en muchos libros anteriores y que conocimos en detalle en Música, solo música, esa larga charla sobre música clásica con el maestro Seiji Ozawa. El comienzo de Carnaval es pura potencia: “Era la mujer más fea que he visto en mi vida. Tal vez se trate de un juicio parcial, puesto que deben de pulular por el mundo muchas otras más feas aún que ella, aunque cueste creerlo, pero si me atengo a aquellas con las que he entablado algún tipo de relación, por endeble que fuera, ella se lleva, desde luego, el premio”.

Se conocieron, casualmente, en el descanso de una ópera. Ella estaba con otro hombre, pero cada uno había asistido por su cuenta. “Cierta solidaridad siempre se despliega entre quienes no tienen a nadie con quien acudir a ciertos espectáculos”. El vínculo entre el narrador y la mujer más fea del mundo crece, llevados por la música de Schumann. Puestos a elegir una única obra a la que rendirle tributo, eligen “Carnaval”, y se empeñan en asistir a cada nueva interpretación, quieren escuchar cada nuevo CD o vinilo. La música compartida los hace cómplices, sin ninguna otra forma de intimidad. La música no necesita rituales que involucren el cuerpo y el tacto. Hasta que un día, como las mujeres de otros cuentos, ella desaparece. El narrador recién vuelve a saber de ella por una crónica policial de los noticieros.

Hay algo circular en encontrarse con una mujer, perderla y volver a saber de ella, mucho tiempo después.

Haruki Murakami
Haruki Murakami

La separación del narrador con la poeta de los tankas, en el primer cuento, vino con la promesa de ella de enviarle su poemario por correo. Él está sinceramente interesado, aunque sospecha que ella no se va a tomar la molestia de hacerlo. Un día, el libro aparece en el buzón de su casa. Se trata de una edición artesanal, numerada. Espera el momento adecuado para leerlo, no se lo toma a la ligera. La poesía tiene algo mágico, otro tipo de confianza y de vulnerabilidad, como si no fuera posible esconderse del todo. Sabe que ahí va a encontrar algo que complete a aquella mujer que le pidió permiso para decir el nombre de otro chico mientras hacían el amor. Pasa el tiempo, él no consigue recordar la cara de ella. Se pregunta si seguirá escribiendo, a veces teme que le haya puesto fin a su vida. “No pocos de sus poemas transmitían cierta sed de muerte”.

De jardines ajenos

Murakami, el más occidental de los escritores japoneses, cuenta en el prólogo de Sauce ciego, mujer dormida, su primer libro de cuentos, que escribir novelas es un reto, mientras que escribir cuentos es un placer. “Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín”.

Pensar en un jardín es pensar en un espejo de agua que contiene rocas y pequeñas islas conectadas por curiosos puentes. Es detenerse a contemplar raíces enormes, caminos en sombra, linternas de piedra, antiguos monolitos cubiertos de musgo. Hay ecos de las enseñanzas budistas en la composición de un jardín. Solo la habilidad de miles de hombres puede construir un jardín japonés. Una vez que se le dio forma, le toca a la naturaleza completar el prodigio. Con su trabajo de siglos, la naturaleza supera el sueño del artista. En Juntando espigas en los campos de Buda, Lafcadio Hearn sentencia que el budismo es una llave a los enigmas del arte japonés.

"Juntando espigas en los campos de Buda", de Lafcadio Hearn
“Juntando espigas en los campos de Buda”, de Lafcadio Hearn

El centro en el que convergen dos líneas rectas

Dice el narrador de uno de los cuentos de Primera persona del singular, podría ser cualquiera de ellos, no importa, todos parecen ser el mismo: “¿Por qué pienso tanto en ella? Ni aun dándose el caso de que nos cruzáramos por la calle o coincidiéramos en mesas contiguas en un restaurante nos reconoceríamos. Las líneas rectas de nuestras vidas habían convergido aquella noche y, tras cruzarse en un solo punto, se habían separado para proseguir cada una su camino, alejándose cada vez más”.

Los cuentos de este libro son pequeños destellos que iluminan una noche, antes de volver a apagarse para siempre. Puntos de inflexión en donde dos vidas se tocan por un instante, en los pasillos del instituto, entre la multitud que cruza Shibuya o en el intervalo de un concierto. El azar cargado de símbolo o una muestra, apenas, de cómo el pasado queda latente para volver a irrumpir con toda su potencia en un presente que nunca dejó de añorarlo.

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